Hay exclusiones visibles: una escalera, una puerta angosta, un trámite imposible. Otras son más difíciles de fotografiar. Suceden cuando alguien dirige todas las preguntas al acompañante, termina una frase ajena o interpreta el silencio como ausencia de pensamiento.
La prisa también excluye. Un turno médico de pocos minutos, una clase sin pausas o una audiencia sin apoyos pueden dejar afuera a quien necesita más tiempo para construir un mensaje. El problema no es la velocidad de esa persona, sino la rigidez del sistema.
Transformar esta realidad requiere algo más profundo que la buena voluntad. Hace falta reconocer derechos, cambiar protocolos, capacitar equipos y medir si las personas realmente pueden participar.
Nuestro punto de partida será escuchar. No queremos hablar por las personas con discapacidad: queremos construir las condiciones para que cada una pueda hablar, escribir, señalar o expresarse como elija y sea tomada en serio.

